Payaso alegre, payaso triste

juan-carlos-monedero-durante-la-presentacion-de-su-formacion-el-pasado-mes-de-enero-podemos-facebookCon Monedero (don Juan Carlos) nunca se sabe si habla en broma o en serio: o todo lo contrario. La versatilidad que esgrime a la hora de usar el lenguaje resulta inefable, abarcando al completo el espectro político sin inmutarse, con guiños a la derecha, la socialdemocracia y los comunistas. Su barniz intelectual jamás se despeina un ápice.

Pontifica el profesor y fundador de Podemos que la izquierda parece un payaso triste que nos hace reír antes que llorar. La frase es contundente y mediática, por eso su partido apuesta por la alegría inmensa de la indefinición ideológica. De esta forma, en el hogar podemita caben en apretada unión tanto los rebeldes como los revolcionarios y también los reformistas. Eso sí, siempre que no sean quisquillosos con la pureza doctrinal y los análisis demasiado escorados a la siniestra. Os sea, se predica al mundo mundial una ensalada refrescante y colorista de sensibilidades nominales cuyo denominador común sería la felicidad de haberse conocido.

Lo que prima en el discurso de Podemos es la emoción. Según Monedero, ahí reside el punto de partida y el nexo de enganche entre la nueva elite dirigente y las bases, esto es, el pueblo llano. A la multitud no hay que darle excesivo tute con disquisiciones harto complejas: ir al grano con eslóganes de rápida digestión y sacarla del marasmo del sofá casero que consume televisión basura a troche y moche ya sería más que suficiente. Debido a esta molicie ideológica, “los revolucionarios ahora van a la tele”.

Obvia Monedero un asunto de crucial importancia: ¿cómo es que el enemigo o adversario político (los propietarios cuasi monopolistas de los principales medios de comunicación), de pronto y de manera altruista, da cabida estelar en sus programas a esos revolucionarios de coleta, camisa blanca remangada y verbo aguerrido que van, supuestamente, contra sus intereses de clase? Misterio sin resolver. Sería la primera vez en la historia que el capitalismo se hiciera el haraquiri por cuestiones éticas de carácter democrático.

Tal vez Monedero es tan inteligente, o ingenuo, que piensa que se puede engañar a las elites financieras y globalizadas con suma facilidad. Más bien cabría suponer que Podemos ha nacido para reconducir el malestar social de la calle y neutralizarlo dentro de los cauces establecidos no sea que una movilización sensata y mayoritaria de la izquierda pudiera cristalizar en opciones menos complacientes con el régimen que la suya y sus acólitos y seguidores. Extraña, en cualquier caso, que las multinacionales del sector informativo y sus accionistas se presten a una operación radical que vuele por los aires sus prebendas, corrupciones y privilegios históricos.

El dualista Monedero quiere “apelar al corazón de la gente”. Ir directos al músculo cardiaco dejando la cabeza para mejores tiempos. Eso es susceptible de dar votos eclécticos, sin duda alguna. Sin embargo, huele a populista. Luego viene la segadora dialéctica para que los poderes fácticos se tranquilicen y continúen evadiendo impuestos a los paraísos fiscales: “no planteamos una ruptura completa, no imaginamos romper absolutamente con todo”. El aroma a más de lo mismo, a rendición estratégica tipo Syriza, se cuela de rondón en el ambiente de modo palmario. Que no se asusten los ricos: lo que deseamos es acabar con los pobres. ¡Genial pirueta para no decir nada (o expresarlo todo crípticamente)! Monedero, repetimos, es dueño y señor de un lenguaje entre culto y friki que nos deja a todos contentos. Sin arañazos ni heridas profundas.

Apoya sus derivas estéticas a lo posmoderno con afirmaciones que no dejan lugar a la duda: “no nos interesa la unidad de la izquierda”. Más cristalino, el agua clara. Eso sí, remata su aseveración con una crítica fulminante a los payasos tristes de la vieja izquierda: “tengo la sensación de que a la izquierda le gusta perder porque así tiene la sensación de estar haciendo lo correcto”. Ergo, lo correcto es ganar. A toda costa. ¿Ganar para qué? ¿Ganar por ganar? ¿Ganar y después vemos lo que hacemos improvisando a la buena de dios?

Que Podemos quiere vencer en las elecciones del 20D parece un mensaje verídico, aunque desde el 25 por ciento de expectativa máxima de sufragios que le otorgaban las encuestas al calor de su irrupción súbita ha descendido al 10 por ciento, porcentaje de simpatía muy similar o próximo a lo que venía cosechando IU. El payaso triste sobrevuela las indefiniciones calculadas de Podemos.

Monedero, en vista de esta situación más o menos desoladora, realiza una autocrítica severa: “construimos una máquina electoral, y las bases de discusión, las fuimos abandonando”. Por la boca, dicen, que muere el pez. Mucho vender las primarias internas y la democracia participativa, con el propósito de seducir a las masas víctimas de la crisis, para después centralizar la acción política en un césar áureo y practicar fichajes rutilantes ajenos a la estructura del partido que desbancan a las bases de un empujón verticalista emanado de las alturas divinas que interpretan la realidad a su antojo. ¿Tanto camino para tan parca chicha?

En resumidas cuentas, se abre paso con fuerza la opinión de que Podemos, al igual que Ciudadanos, son invenciones creativas con el fin último de sostener España dentro de parámetros predecibles: tocar la fibra emocional de la novedad absoluta sin afectar al poder establecido.

La función circense ha comenzado ya, pasen y vean. El payaso alegre de Podemos puede convertirse en una risa colectiva que nos deje helados. Y, tal vez, muy frustrados cuando no derrotados en lo más íntimo de nuestras postreras ilusiones de cambio. A verlas venir, vamos.

Armando B. Ginés

27 noviembre 2015

Fuente: Rebelión.

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