La guerra del opio de EEUU en Afganistán

t3M2naquNrdiR40oMbxVI2Después de pelear la guerra más larga de toda su historia, EEUU está al borde de la derrota en Afganistán. ¿Cómo puede haber ocurrido? ¿Cómo es posible que la única superpotencia mundial haya estado continuamente batallando durante quince años, desplegando 100.000 de sus efectivos más especializados, sacrificando las vidas de 2.200 de esos soldados, gastando más de un billón de dólares en sus operaciones militares, dilapidando 100.000 millones más en la supuesta “construcción y reconstrucción de la nación”, ayudando a crear, financiar, equipar y entrenar a un ejército de 350.000 aliados afganos, y no sea capaz aún de pacificar una de las naciones más empobrecidas de la tierra? Tan deprimente es la perspectiva de estabilidad en Afganistán para 2016 que la Casa Blanca de Obama ha cancelado no hace mucho una planeada retirada de otro contingente de soldados, dejando alrededor de 10.000 efectivos de forma indefinida en el país.

Si fueran a cortar el nudo gordiano de complejidad que es la guerra afgana, encontrarían que en el fracaso estadounidense allí radica la mayor paradoja política del siglo: el gigantesco ejército de Washington ha sido parado en seco en su ruta de acero por una flor rosada, la amapola del opio.

A lo largo de más de tres décadas en Afganistán, las operaciones militares de Washington sólo han tenido éxito cuando se han adaptado de forma razonable y cómoda al tráfico ilícito del opio en Asia Central, y han fracasado cuando no lo han complementado. La primera intervención estadounidense en el país se inició en 1979. Tuvo parcialmente éxito porque la guerra indirecta que la CIA lanzó para expulsar a los soviéticos de allí coincidió con la forma en que sus aliados afganos utilizaban el abultado tráfico de drogas del país para sostener su larga lucha de una década de duración.

Por otra parte, en los casi quince años de continuos combates desde la invasión de EEUU en 2001, los esfuerzos de pacificación han fracasado en gran medida a la hora de frenar la insurgencia talibán porque EEUU no ha podido controlar el enorme excedente del comercio de heroína del país. Como la producción de opio se incrementó desde un mínimo de 180 toneladas a unas monumentales 8.200 en los primeros cinco años de ocupación estaodunidense, el suelo de Afganistán parecía haberse sembrado con los dientes de dragón del antiguo mito griego. Cada cosecha de amapola producía un nuevo plantel de combatientes adolescentes para el creciente ejército de guerrillas de los talibán.

En cada una de las etapas de la trágica y tumultuosa historia de Afganistán de los últimos 40 años –la guerra encubierta de la década de 1980, la guerra civil de la década de 1990 y la ocupación de EEUU desde 2001-, el opio jugó un papel sorprendentemente importante en la conformación de los azares del país. En uno de los giros del destino más amargos de la historia, la forma en que la ecología singular de Afganistán convergió con la tecnología militar estadounidense transformó esta nación remota y sin salida al mar en el primer narcoestado del mundo, un país donde las drogas ilícitas dominan la economía, definen las opciones políticas y determinan la fortuna de las intervenciones extranjeras.

27 febrero 2016

Alfred W. McCoy

Fuente:TomDispatch.com

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