Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas

neolibelaImaginen que los ciudadanos de la Unión Soviética no hubieran oído hablar del comunismo. Pues bien, la mayoría de la población desconoce el nombre de la ideología que domina nuestras vidas. Si la mencionan en una conversación, se ganarán un encogimiento de hombros; y, aunque su interlocutor haya oído el término con anterioridad, tendrá problemas para definirlo. ¿Saben qué es el neoliberalismo?

Su anonimato es causa y efecto de su poder. Ha sido protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso financiero de los años 2007 y 2008, la externalización de dinero y poder a los paraísos fiscales (los “papeles de Panamá” son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas y hasta el ascenso de Donald Trump. Sin embargo, esas crisis nos parecen elementos aislados, que no guardan relación. No somos conscientes de que todas ellas son producto directo o indirecto del mismo factor: una filosofía que tiene un nombre; o, más bien, que lo tenía. ¿Y qué da más poder que actuar de incógnito?

El neoliberalismo es tan ubicuo que ni siquiera lo reconocemos como ideología. Aparentemente, hemos asumido el ideal de su fe milenaria como si fuera una fuerza natural; una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero nació con la intención deliberada de remodelar la vida humana y cambiar el centro del poder.

Para el neoliberalismo, la competencia es la característica fundamental de las relaciones sociales. Afirma que “el mercado” produce beneficios que no se podrían conseguir mediante la planificación, y convierte a los ciudadanos en consumidores cuyas opciones democráticas se reducen como mucho a comprar y vender, proceso que supuestamente premia el mérito y castiga la ineficacia. Todo lo que limite la competencia es, desde su punto de vista, contrario a la libertad. Hay que bajar los impuestos, reducir los controles y privatizar los servicios públicos. Las organizaciones obreras y la negociación colectiva no son más que distorsiones del mercado que dificultan la creación de una jerarquía natural de triunfadores y perdedores. La desigualdad es una virtud: una recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que beneficia a todos. La pretensión de crear una sociedad más equitativa es contraproducente y moralmente corrosiva. El mercado se asegura de que todos reciban lo que merecen.

Asumimos y reproducimos su credo. Los ricos se convencen de que son ricos por méritos propios, sin que sus privilegios (educativos, patrimoniales, de clase) hayan tenido nada que ver. Los pobres se culpan de su fracaso, aunque no puedan hacer gran cosa por cambiar las circunstancias que determinan su existencia. ¿Desempleo estructural? Si usted no tiene empleo, es porque carece de iniciativa. ¿Viviendas de precios desorbitados? Si su cuenta está en números rojos, es por su incompetencia y falta de previsión. ¿Qué es eso de que el colegio de sus hijos ya no tiene instalaciones de educación física? Si engordan, es culpa suya. En un mundo gobernado por la competencia, los que caen pasan a ser perdedores ante la sociedad y ante sí mismos.

La epidemia de autolesiones, desórdenes alimentarios, depresión, incomunicación, ansiedad y fobia social es una de las consecuencias de ese proceso, que Paul Verhaeghe documenta en su libro What About Me?. No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad. Ahora, todos somos neoliberales.

El término neoliberalismo se acuñó en París, en una reunión celebrada en 1938. Su definición ideológica es hija de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, dos exiliados austríacos que rechazaban la democracia social (representada por el New Deal de Franklin Roosevelt y el desarrollo gradual del Estado del bienestar británico) porque la consideraban una expresión colectivista a la altura del comunismo y del movimiento nazi.

En Camino de servidumbre (1944), Hayek afirma que la planificación estatal aplasta el individualismo y conduce inevitablemente al totalitarismo. Su libro, que tuvo tanto éxito como La burocracia de Mises, llegó a ojos de determinados ricos que vieron en su ideología una oportunidad de librarse de los impuestos y las regulaciones. En 1947, cuando Hayek fundó la primera organización encargada de extender su doctrina (la Mont Perelin Society), obtuvo apoyo económico de muchos millonarios y de sus fundaciones.

Gracias a ellos, Hayek empezó a crear lo que Daniel Stedman Jones describe en Amos del universo como “una especie de Internacional Neoliberal”, una red interatlántica de académicos, empresarios, periodistas y activistas. Además, sus ricos promotores financiaron una serie de comités de expertos cuya labor consistía en perfeccionar y promover el credo; entre ellas, el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y el Adam Smith Institute. También financiaron departamentos y puestos académicos en muchas universidades, sobre todo de Chicago y Virginia.

Cuanto más crecía el neoliberalismo, más estridente era. La idea de Hayek de que los Gobiernos debían regular la competencia para impedir monopolios dio paso entre sus apóstoles estadounidenses −como Milton Friedman− a la idea de que los monopolios venían a ser un premio a la eficacia. Pero aquella evolución tuvo otra consecuencia: que el movimiento perdió el nombre. En 1951, Friedman se definía neoliberal sin tapujo alguno. Poco después, el término empezó a desaparecer. Y por si eso no fuera suficientemente extraño en una ideología cada vez más tajante y en un movimiento cada vez más coherente, no buscaron sustituto para el nombre perdido.

Ideología en la sombra

A pesar de su dadivosa financiación, el neoliberalismo permaneció al principio en la sombra. El consenso de posguerra era prácticamente universal: las recetas económicas de John Maynard Keynes se aplicaban en muchos lugares del planeta; el pleno empleo y la reducción de la pobreza eran objetivos comunes de los Estados Unidos y de casi toda Europa occidental; los impuestos al capital eran altos y los Gobiernos no se avergonzaban de buscar objetivos sociales mediante servicios públicos nuevos y nuevas redes de apoyo.

Pero, en la década de 1970, cuando la crisis económica sacudió las dos orillas del Atlántico y el keynesianismo se empezó a derrumbar, los principios neoliberales se empezaron a abrir paso en la cultura dominante. En palabras de Friedman, “se necesitaba un cambio (…) y ya había una alternativa preparada”. Con ayuda de periodistas y consejeros políticos adeptos a la causa, consiguieron que los Gobiernos de Jimmy Carter y Jim Callaghan aplicaran elementos del neoliberalismo (sobre todo en materia de política monetaria) en los Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente.

El resto del paquete llegó enseguida, tras los triunfos electorales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: reducciones masivas de los impuestos de los ricos, destrucción del sindicalismo, desregulación, privatización y tercerización y subcontratación de los servicios públicos. La doctrina neoliberal se impuso en casi todo el mundo −y, frecuentemente, sin consenso democrático de ninguna clase− a través del FMI, el Banco Mundial, el Tratado de Maastricht y la Organización Mundial del Comercio. Hasta partidos que habían pertenecido a la izquierda adoptaron sus principios; por ejemplo, el Laborista y el Demócrata. Como afirma Stedman Jones, “cuesta encontrar otra utopía que se haya hecho realidad de un modo tan absoluto”.

Puede parecer extraño que un credo que prometía libertad y capacidad de decisión se promoviera con este lema: “No hay alternativa”. Pero, como dijo Hayek durante una visita al Chile de Pinochet (uno de los primeros países que aplicaron el programa de forma exhaustiva), “me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo”.

La libertad de los neoliberales, que suena tan bien cuando se expresa en términos generales, es libertad para el pez grande, no para el pequeño. Liberarse de los sindicatos y la negociación colectiva significa libertad para reducir los salarios. Liberarse de las regulaciones estatales significa libertad para contaminar los ríos, poner en peligro a los trabajadores, imponer tipos de interés inicuos y diseñar exóticos instrumentos financieros. Liberarse de los impuestos significa liberarse de las políticas redistributivas que sacan a la gente de la pobreza.

En La doctrina del shock, Naomi Klein demuestra que los teóricos neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, aprovechando el desconcierto de la gente; por ejemplo, tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina, que Friedman describió como “una oportunidad para reformar radicalmente el sistema educativo” de Nueva Orleans. Cuando no pueden imponer sus principios en un país, los imponen a través de tratados de carácter internacional que incluyen “instrumentos de arbitraje entre inversores y Estados”, es decir, tribunales externos donde las corporaciones pueden presionar para que se eliminen las protecciones sociales y medioambientales. Cada vez que un Parlamento vota a favor de congelar el precio de la luz, de impedir que las farmacéuticas estafen al Estado, de proteger acuíferos en peligro por culpa de explotaciones mineras o de restringir la venta de tabaco, las corporaciones lo denuncian y, con frecuencia, ganan. Así, la democracia queda reducida a teatro.

La afirmación de que la competencia universal depende de un proceso de cuantificación y comparación universales es otra de las paradojas del neoliberalismo. Provoca que los trabajadores, las personas que buscan empleo y los propios servicios públicos se vean sometidos a un régimen opresivo de evaluación y seguimiento, pensado para identificar a los triunfadores y castigar a los perdedores. Según Von Mises, su doctrina nos iba a liberar de la pesadilla burocrática de la planificación central; y, en lugar de liberarnos de una pesadilla, creó otra.

Menos sindicalismo y más privatizaciones

Los padres del neoliberalismo no lo concibieron como chanchullo de unos pocos, pero se convirtió rápidamente en eso. El crecimiento económico de la era neoliberal (desde 1980 en GB y EEUU) es notablemente más bajo que el de las décadas anteriores; salvo en lo tocante a los más ricos. Las desigualdades de riqueza e ingresos, que se habían reducido a lo largo de 60 años, se dispararon gracias a la demolición del sindicalismo, las reducciones de impuestos, el aumento de los precios de vivienda y alquiler, las privatizaciones y las desregularizaciones.

La privatización total o parcial de los servicios públicos de energía, agua, trenes, salud, educación, carreteras y prisiones permitió que las grandes empresas establecieran peajes en recursos básicos y cobraran rentas por su uso a los ciudadanos o a los Gobiernos. El término renta también se refiere a los ingresos que no son fruto del trabajo. Cuando alguien paga un precio exagerado por un billete de tren, sólo una parte de dicho precio se destina a compensar a los operadores por el dinero gastado en combustible, salarios y materiales, entre otras partidas; el resto es la constatación de que las corporaciones tienen a los ciudadanos contra la pared.

Los dueños y directivos de los servicios públicos privatizados o semiprivatizados de Gran Bretaña ganan fortunas gigantescas mediante el procedimiento de invertir poco y cobrar mucho. En Rusia y la India, los oligarcas adquieren bienes estatales en liquidaciones por incendios. En México, Carlos Slim obtuvo el control de casi toda la red de telefonía fija y móvil y se convirtió en el hombre más rico del mundo.

Andrew Sayer afirma en Why We Can’t Afford the Rich que la financiarización ha tenido consecuencias parecidas: “Como sucede con la renta, los intereses son (…) un ingreso acumulativo que no exige de esfuerzo alguno”. Cuanto más se empobrecen los pobres y más se enriquecen los ricos, más control tienen los segundos sobre otro bien crucial: el dinero. Los intereses son, sobre todo, una transferencia de dinero de los pobres a los ricos. Los precios de las propiedades y la negativa de los Estados a ofrecer financiación condenan a la gente a cargarse de deudas (piensen en lo que pasó en Gran Bretaña cuando se cambiaron las becas escolares por créditos escolares), y los bancos y sus ejecutivos hacen el agosto.

Sayer sostiene que las cuatro últimas décadas se han caracterizado por una transferencia de riqueza que no es sólo de pobres a ricos, sino también de unos ricos a otros: de los que ganan dinero produciendo bienes o servicios a los que ganan dinero controlando los activos existentes y recogiendo beneficios de renta, intereses o capital. Los ingresos fruto del trabajo se han visto sustituidos por ingresos que no dependen de este.

El hundimiento de los mercados ha puesto al neoliberalismo en una situación difícil. Por si no fuera suficiente con los bancos demasiado grandes para dejarlos caer, las corporaciones se ven ahora en la tesitura de ofrecer servicios públicos. Como observó Tony Judt en Ill Fares the Land, Hayek olvidó que no se puede permitir que los servicios nacionales de carácter esencial se hundan, lo cual implica que la competencia queda anulada. Las empresas se llevan los beneficios y el Estado corre con los gastos.

A mayor fracaso de una ideología, mayor extremismo en su aplicación. Los Gobiernos utilizan las crisis neoliberales como excusa y oportunidad para reducir impuestos, privatizar los servicios públicos que aún no se habían privatizado, abrir agujeros en la red de protección social, desregularizar a las corporaciones y volver a regular a los ciudadanos. El Estado que se odia a sí mismo se dedica a hundir sus dientes en todos los órganos del sector público.

De la crisis económica a la crisis política

Es posible que la consecuencia más peligrosa del neoliberalismo no sea la crisis económica que ha causado, sino la crisis política. A medida que se reduce el poder del Estado, también se reduce nuestra capacidad para cambiar las cosas mediante el voto. Según la teoría neoliberal, la gente ejerce su libertad a través del gasto; pero algunos pueden gastar más que otros y, en la gran democracia de consumidores o accionistas, los votos no se distribuyen de forma equitativa. El resultado es una pérdida de poder de las clases baja y media. Y, como los partidos de la derecha y de la antigua izquierda adoptan políticas neoliberales parecidas, la pérdida de poder se transforma en pérdida de derechos. Cada vez hay más gente que se ve expulsada de la política.

Chris Hedges puntualiza que “los movimientos fascistas no encontraron su base en las personas políticamente activas, sino en las inactivas; en los ‘perdedores’ que tenían la sensación, frecuentemente correcta, de que carecían de voz y espacio en el sistema político”. Cuando la política deja de dirigirse a los ciudadanos, hay gente que la cambia por consignas, símbolos y sentimientos. Por poner un ejemplo, los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes.

Judt explicó que, si la tupida malla de interacciones entre el Estado y los ciudadanos queda reducida a poco más que autoridad y obediencia, sólo quedará una fuerza que nos una: el poder del propio Estado. Normalmente, el totalitarismo que temía Hayek surge cuando los gobiernos pierden la autoridad ética derivada de la prestación de servicios públicos y se limitan a “engatusar, amenazar y, finalmente, a coaccionar a la gente para que obedezca”.

El neoliberalismo es un dios que fracasó, como el socialismo real; pero, a diferencia de este, su doctrina se ha convertido en un zombie que sigue adelante, tambaleándose. Y uno de los motivos es su anonimato. O, más exactamente, un racimo de anonimatos.

La doctrina invisible de la mano invisible tiene promotores invisibles. Poco a poco, lentamente, hemos empezado a descubrir los nombres de algunos. Supimos que el Institute of Economic Affairs, que se manifestó rotundamente en los medios contra el aumento de las regulaciones de la industria del tabaco, recibía fondos de British American Tobacco desde 1963. Supimos que Charles y David Koch, dos de los hombres más ricos del mundo, fundaron el instituto del que surgió el Tea Party. Supimos lo que dijo Charles Kock al crear uno de sus laboratorios de ideas: “para evitar críticas indeseables, debemos abstenernos de hacer demasiada publicidad del funcionamiento y sistema directivo de nuestra organización”.

Las palabras que usa el neoliberalismo tienden más a ocultar que a esclarecer. “El mercado” suena a sistema natural que se nos impone de forma igualitaria, como la gravedad o la presión atmosférica, pero está cargado de relaciones de poder. “Lo que el mercado quiere” suele ser lo que las corporaciones y sus dueños quieren. La palabra inversión significa dos cosas muy diferentes, como observa Sayer: una es la financiación de actividades productivas y socialmente útiles; otra, la compra de servicios existentes para exprimirlos y obtener rentas, intereses, dividendos y plusvalías. Usar la misma palabra para dos actividades tan distintas sirve para “camuflar las fuentes de riqueza” y empujarnos a confundir su extracción con su creación.

Franquicias, paraísos fiscales y desgravaciones

Hace un siglo, los ricos que habían heredado sus fortunas despreciaban a los nouveau riche; hasta el punto de que los empresarios buscaban aceptación social mediante el procedimiento de hacerse pasar por rentistas. En la actualidad, la relación se ha invertido: los rentistas y herederos se hacen pasar por emprendedores y afirman que sus riquezas son fruto del trabajo.

El anonimato y las confusiones del neoliberalismo se mezclan con la ausencia de nombre y la deslocalización del capitalismo moderno: Modelos de franquicias que aseguran que los trabajadores no sepan para quién trabajan; empresas registradas en redes de paraísos fiscales tan complejas y secretas que ni la policía puede encontrar a sus propietarios; sistemas de desgravación fiscal que confunden a los propios Gobiernos y productos financieros que no entiende nadie.

El neoliberalismo guarda celosamente su anonimato. Los seguidores de Hayek, Mises y Friedman tienden a rechazar el término con el argumento, no exento de razón, de que en la actualidad sólo se usa de forma peyorativa. Algunos se describen como liberales clásicos o incluso libertarios, pero son descripciones tan engañosas como curiosamente modestas, porque implican que no hay nada innovador en Camino de servidumbre, La burocracia o Capitalismo y libertad, el clásico de Friedman.

A pesar de todo, el proyecto neoliberal tuvo algo admirable; al menos, en su primera época: fue un conjunto de ideas novedosas promovido por una red coherente de pensadores y activistas con una estrategia clara. Fue paciente y persistente. El Camino de servidumbre se convirtió en camino al poder.

El triunfo del neoliberalismo también es un reflejo del fracaso de la izquierda. Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría económica completa para sustituirlas. Cuando el keynesianismo encalló en la década de 1970, ya había una alternativa preparada. Pero, en el año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada. Ese es el motivo de que el zombie siga adelante. La izquierda no ha producido ningún marco económico nuevo de carácter general desde hace ochenta años.

Toda apelación a lord Keynes es un reconocimiento implícito de fracaso. Proponer soluciones keynesianas para crisis del siglo XXI es hacer caso omiso de tres problemas obvios: que movilizar a la gente con ideas viejas es muy difícil; que los defectos que salieron a la luz en la década de 1970 no han desaparecido y, sobre todo, que no tienen nada que decir sobre el peor de nuestros aprietos, la crisis ecológica. El keynesianismo funciona estimulando el consumo y promoviendo el crecimiento económico, pero el consumo y el crecimiento económico son los motores de la destrucción ambiental.

La historia del keynesianismo y el neoliberalismo demuestra que no basta con oponerse a un sistema roto. Hay que proponer una alternativa congruente. Los laboristas, los demócratas y el conjunto de la izquierda se deberían concentrar en el desarrollo de un programa económico Apollo; un intento consciente de diseñar un sistema nuevo, a medida de las exigencias del siglo XXI.      

Mayo 2016

George Monbiot

Fuente: The Guardian

 

El vínculo entre Felipe González y Leopoldo López: el grupo empresarial ‘Organización CISNEROS’ y María Antonieta Mendoza de López (madre de Leopoldo López)

felipe

En febrero de 1983, el Gobierno del PSOE de Felipe González expropió, vía real decreto-ley, todas las empresas del Grupo RUMASA al estafador opusdeísta José María Ruiz Mateos.

Una de las empresas expropiadas, Galerías Preciados (que había pasado a ser una empresa propiedad del Estado, como el resto de Rumasa), fue vendida en diciembre de 1984 al potente grupo empresarial venezolano ‘Organización CISNEROS’, presidido por el amigo de Felipe González, Gustavo Cisneros, por 1500 millones de pesetas.

Sin embargo, Gustavo Cisneros únicamente pagó un plazo por valor de 750 millones de pesetas, pues los 750 millones de pesetas restantes se aplazaron mediante un depósito en Citibank-España, que en 1985, y tras una auditoría, Rumasa (la empresa expropiada y que había pasado a ser propiedad del Estado español desde 1983) renunció a dicho depósito de Cisneros (es decir, renunció a cobrarle los 750 millones de pesetas restantes).

Además, la Administración le otorgó a Galerías Preciados una serie de préstamos por un importe total de 11.500 millones de pesetas destinados a su saneamiento y a la financiación del circulante.

En 1988, Gustavo Cisneros vendió Galerías Preciados al grupo británico Mountleigh por valor de 30.600 millones de pesetas, haciendo un negocio redondo.

“Lo hacemos muy frecuentemente, Galerías fue un caso clásico: compra, saneamiento y venta de la compañía. Es lo que sabemos hacer”, señaló Cisneros en una entrevista en 2004. Solo que esta vez el negociazo fue gracias a la colaboración de Felipe González (por entonces presidente del Gobierno de España).

Además, durante el gobierno de Aznar, el 3 de agosto de 2001 (meses antes de que se produjera el Golpe de Estado en Venezuela perpetrado los días 11,12 y 13 de abril de 2002), el Gobierno de España, a petición del Ministro de Justicia, le concedió la nacionalidad española a Gustavo Cisneros. En 2004 nos pudimos enterar, a través del entonces ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Zapatero, Miguel Ángel Moratinos, que Aznar había legitimado el Golpe de Estado al presidente Hugo Chávez.

El 12 de abril de 2002, Felipe González también justificó el Golpe de Estado en Venezuela asegurando que el presidente Chávez era un “golpista” que “liquidaba las libertades” y que “estaba montando un autogolpe al estilo Fujimori”. “No sólo se es un autoritario cuando se llega al poder con las botas, sino cuando se tienen mayorías pero no se respetan las reglas del juego”, sentenciaba.

El 22 abril de 2002, el semanario norteamericano ‘Newsweek’ (perteneciente al influyente grupo editorial de ‘The Washington Post’) reveló que “en el vértice” del complot que urdió el Golpe de Estado a Chávez estuvo el multimillonario magnate Gustavo Cisneros, amigo, también, del ex presidente George Bush (padre del entonces Presidente de los EE.UU, George W. Bush).

VÍNCULO

En el año 2000, María Antonieta Mendoza de López, madre de Leopoldo López (cuyo nombre completo es Leopoldo Eduardo López Mendoza), pasó a ocupar el cargo de Vicepresidenta de Asuntos Corporativos del grupo empresarial ‘Organización CISNEROS’, cuyo propietario, como he señalado, es el amigo personal de Felipe González, Gustavo Cisneros. María Antonieta sigue ocupando dicho cargo en la actualidad.

Hasta ese año, María Antonieta Mendoza, había ocupado diversos cargos a lo largo de 25 años en Petróleos de Venezuela (PDVSA), la empresa petrolera (es estatal) más grande de Latinoamérica y la quinta a nivel mundial. Entre 1998 y 1999 fue la Vicepresidenta de Asuntos Corporativos de PDVSA.

María Antonieta también pertenece al Comité de Medios de Comunicación de ‘Venamcham’ (Cámara Venezolano-Americana de Comercio e Industria) desde 2002.

NOTA: la ‘Organización CISNEROS’ es un conglomerado empresarial que aglutina desde medios de comunicación (Cisneros Media), hasta empresas de servicios de consumo como ‘Laboratorios FISA’ (productos para el cuidado del cabello, jabones y desodorantes, artículos para el cuidado de la piel, fragancias), empresas de proyectos turísticos e inmobiliarios (Cisneros Real Estate), pasando por agencias de viajes corporativos (SAECA Viajes y Turismo).

El holding ‘Organización CISNEROS’ es propietario y/o tiene intereses en más de 30 grandes compañías alrededor del mundo, y establece alianzas con empresas multinacionales reconocidas tales como Universal Music Group, Coca-Cola, DirectTV, Motorola y Carlson Wagonlit.

Fuente: undebateenmicabeza.blogspot.com.es

Yihadistas, místicos falsos, auténticos bandidos

yihadistasNos lo cuentan como si hubieran descubierto la piedra filosofal ¿Terroristas yihadistas? Los iluminados de antaño, locos místicos, maníacos del sacrificio. Pero si miramos detrás de esa careta entonces el terrorismo presenta una faz tan familiar como repugnante, disfrazado con una identidad que borra hasta el recuerdo de sus transformaciones históricas decididamente inconsistentes. No hay que olvidar que el terrorismo solo es un medio que ha existido en otros tiempos y en otras latitudes. Pero poco importa, esos otros terrorismos, del Irgun a la ETA, se pierden en la noche de los tiempos.

Porque el terrorismo ya tiene un solo nombre, estigma de una culpabilidad sin fisuras que lo expone a los rayos de la civilización. Sus causas son unívocas, anda ligero de equipaje y con una sola determinación, ¿cuál? Adivinen: el terrorismo responde a una llamada invisible, tiene su fuente –dicen- en el propio mensaje coránico, reitera la violencia islámica. Así es, el dogma exige que se señale al islam esencialmente culpable. En otras épocas se disociaba cuidadosamente una respetable confesión milenaria de prácticas asesinas que no le deben nada. En la actualidad esa sensata disociación cuesta a sus autores una acusación de tolerancia.

Porque es absolutamente necesario que el terrorismo aparezca como expresión de una violencia intrínseca de la fe musulmana, que esta cargue con el estigma. ¿No es responsable esta religión nociva del delirio suicida de los locos de Alá? Es necesario que sea una violencia sin sentido, fulminante, repentina, sin razones lógicas ni complicidades confesables. Entonces se da de beber a la opinión pública esta representación angustiosa perfumada de apocalipsis. Lo importante es que creamos que ese poder devastador viene de muy lejos, de un abismo salvaje del cual Occidente, por supuesto, es inocente.

Así pues el terrorismo sería una confusa mezcla de locura y fanatismo. El contacto con lo absoluto se convertiría en deseo de purificación. El dogma religioso suministraría a la rabia destructora el motivo de su radicalismo y le procuraría el ingrediente incendiario de su violencia. Esos iluminados arderían para cumplir las promesas de la doctrina, serían los ejecutores de un plan divino que ordena el sacrificio de los puros y la destrucción de los impuros. Como muestran los atentados suicidas de los desesperados de la yihad esta interpretación no es totalmente falsa, pero es insuficiente y sobre todo corre el riesgo de ocultarnos lo esencial.

Porque si se interpreta el fenómeno yihadista únicamente en esos términos, se cometen tres errores. En primer lugar se da por bueno lo que el yihadismo dice de sí mismo, cautivo de su propio discurso. Este no es el mejor medio para comprender la realidad porque impide tener en cuenta otros motivos claramente más mundanos y bastante menos místicos. Se hace una generalización abusiva a partir de un modo operativo minoritario, el de los suicidas con cinturones explosivos, creyendo captar la esencia del fenómeno.

Y finalmente, lo más grave, se imputa el yihadismo al islam atribuyéndole unas causas tan cómodas como absurdas. Una asimilación que obviamente es un insulto a la inteligencia pero presenta la ventaja ideológica de redimir a Occidente de cualquier responsabilidad en detrimento de los musulmanes. Así pues, poco importa que los chivos expiatorios designados por la hipocresía occidental sean también las primeras víctimas de un terrorismo condenado por la religión musulmana.

Reducido a la expresión de un delirio milenarista, el fenómeno de la yihad pierde entonces toda consistencia política. La interpretación dominante lo diluye en la religiosidad, pero el árbol de lo religioso impide ver el bosque de la política. ¿Entonces de qué sirve buscar las razones de esa locura mortífera si es una sinrazón? Si realmente los terroristas son locos iluminados estaremos de acuerdo en que no hay nada que entender en sus actos. Arrojado a lo irracional el fenómeno se vuelve incomprensible.

Este marco analítico proyecta, pues, una luz falsa sobre lo que pretende explicar. Oculta el rechazo de una inteligencia terrorista basada en el análisis de sus verdaderos motivos. Facilita que se mantenga el secreto a voces que está detrás de la cháchara mediática: como todos los terrorismos, el terrorismo yihadista es la continuación de la política por otros medios. Desde su nacimiento, bajo los auspicios de la CIA, la «yihad global» es un instrumento de potencias extranjeras -Estados Unidos y sus adláteres- cuyas motivaciones, totalmente mundanas, se resumen en el ansia de poder y la carnaza de las ganancias.

Si existen los yihadistas no es solo porque unos individuos desarraigados hayan sufrido un lavado de cerebro. No es porque entre ellos la radicalización haya tomado los colores del islam político a falta de algo mejor en el mercado mundial de los radicalismos. Es sobre todo porque existen poderosas organizaciones internacionales que los reclutan, los encuadran y los arman hasta los dientes. Organizaciones que tienen pagadores, aliados y cómplices sin los cuales los yihadistas nunca habrían conseguido millones de dólares, pasaportes, uniformes, 4×4, lanzamisiles y drogas estimulantes a voluntad.

Desde hace 30 años al-Qaida y sus transformaciones sucesivas, incluido el Dáesh, no han aparecido por generación espontánea, no son la expresión de un impulso místico ni la nueva versión del romanticismo revolucionario. Son artefactos políticos y deben su existencia a grandes maniobras de las que Oriente Medio, ese agujero negro de la geopolítica mundial, es al mismo tiempo escenario y víctima. Son la descendencia monstruosa de los apareamientos entre los aprendices de brujo de Washington, las monarquías podridas del Golfo y los neo-otomanos que sueñan con restaurar su antigua grandeza.

Los atentados terroristas no son iniciativas aisladas de individuos marginales o subdesarrollados psicológicos, son crímenes políticos que responden a una definición precisa del terrorismo: «ejercicio de una violencia ciega contra civiles con el fin de conseguir resultados políticos». Este terrorismo es perpetrado por una soldadesca proteiforme reclutada en los cuatro puntos cardinales que hace el trabajo sucio exigido por sus empleadores. Siniestros asalariados de un equipo sangriento que les da la ilusión de llevar al mundo exterior al nivel de su propia estupidez, matones sin honor de la chusma de abajo deliberadamente al servicio de la chusma de arriba que desfila en Riad y en Doha.

Compuesta esencialmente por mercenarios de poca monta, esa mafia que vendería a su madre por un buen sueldo tiene tanta relación con el islam como una banda de ratas de alcantarilla con la teología de san Agustín. Ensañándose contra el más mínimo vestigio de una cultura que le supera, este residuo de la humanidad cumple las tareas básicas por las que le remuneran y de paso se concede, por la violencia y el saqueo, un pequeño plus en concepto de prima de riesgo. Ni místicos ni esquizofrénicos, es su forma de hacer política: pequeños malhechores a sueldo de sus jefes mafiosos.   

Mayo 2016       

Bruno Guigue

Fuente: Oumma

El Rey Saudita financió la campaña electoral de Netanyahu en 2015

alsaudUn miembro del parlamento israelí ha revelado que el rey saudí, Salman bin Abdulaziz Al Saud, financió la campaña electoral del primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, en 2015.

“En marzo de 2015, el rey Salman depositó ochenta millones de dólares para apoyar la campaña de Netanyahu a través de una persona sirio-español llamada Mohamed Eyad Kayali”, afirmó Isaac Herzog, miembro de la kneset (parlamento israelí) y presidente del partido laborista israelí.

Herzog, en sus revelaciones, cita los llamados papeles de Panamá, donde se detalla el uso de paraísos fiscales por políticos y figuras públicas de todo el mundo.

“El dinero fue depositado en la cuenta de una empresa en las Islas Vírgenes Británicas propiedad de Teddy Sagi, un multimillonario y empresario israelí, que asignó el dinero para financiar la campaña el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu”, precisa Herzog.

Netanyahu, desde hace un tiempo, plantea la incipiente relación entre el régimen de Israel y los países árabes.

En marzo, Netanyahu aseveró que las relaciones de este régimen con los países árabes regionales se están “calentando de manera espectacular”. Declaraciones que, a juicio de los analistas, son un reconocimiento de las relaciones existentes entre bambalinas con los países árabes.

Moshe Yaalon, ministro de asuntos militares de Israel, señaló en febrero que existen canales abiertos entre este régimen y los estados árabes.

Yaalon dijo que no les podía dar la mano a los funcionarios árabes en público debido a las realidades políticas “sensibles”, pero al poco le dio la mano públicamente al príncipe saudí Turki bin Faisal al-Saud, quien se ha reunido abiertamente con varios funcionarios israelíes.

El régimen de Israel mantiene lazos encubiertos con los estados árabes, a pesar de que estos aseguraron que solo normalizarían las relaciones con Tel Aviv cuando se resolviera la cuestión palestina.

Un exgeneral del ejército saudí también ha precisado recientemente que el reino abrirá una embajada en Tel Aviv si el régimen de Israel acepta una iniciativa árabe para poner fin al conflicto palestino-israelí.

Riad, de hecho, mantiene lazos militares secretos con el régimen de Tel Aviv. En abril, el vicesecretario general del Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano, Hezbolá, el , dijo que el régimen israelí estaba entrenando a militares saudíes en el marco de unas relaciones encubiertas.

LAS DIEZ COSAS QUE DEBERÍAS SABER SOBRE LOS CRÍMENES DEL FRANQUISMO

crimenes-franquismoLas “diez cosas que deberías saber sobre los crímenes del franquismo” son, según expone el magistrado y portavoz de Jueces para la Democracia, Joaquim Bosch, las siguientes:

1.- El 18 de julio de 1936 no comenzó una guerra civil. Lo que ocurrió fue que un grupo de militares dio un golpe de estado contra un gobierno elegido democráticamente.

2.- El golpe de estado fue apoyado de forma militar, ideológica y económica por la Alemania de Hitler. Cuando la rebelión no triunfó en todo el territorio, la Alemania nazi empezó a probar su armamento contra civiles indefensos, en un ensayo de lo que haría posteriormente en Europa.

3.- Cientos de miles de personas murieron como resultado de la contienda. Todavía siguen enterradas en fosas comunes más de 100.000 personas, que fueron asesinadas por los fascistas que se levantaron contra el orden constitucional.

4.- La mayoría de las personas que siguen sin identificar en las fosas no había ido a ninguna guerra. Fueron exterminadas dentro de la estrategia del golpe militar de eliminar cualquier posible disidencia y atemorizar al conjunto de la población.

5.- Pinochet confesó su admiración por esta forma de alzamiento militar y la aplicó en Chile. Fue uno de los pocos jefes de Estado que acudió al funeral de Franco.

6.- La represión no terminó en 1939. Los crímenes, torturas y graves violaciones de derechos humanos se prolongaron durante décadas, hasta el final del franquismo. El prestigioso historiador Paul Preston ha señalado que no existe equivalente en Europa respecto a la intensidad y duración de estas atrocidades de Estado.

7.- España es el segundo lugar del mundo con más desaparecidos, por detrás de Camboya. La ONU ha exigido a nuestros poderes estatales que protejan los derechos de los familiares de las víctimas del franquismo.

8.- El Tribunal Supremo consideró que ya no podían ser investigados penalmente los crímenes del franquismo. Remitió a los familiares de las víctimas a la Ley de la Memoria Histórica, para que por parte de la administración pública se procediera a las exhumaciones de los restos mortales. El Gobierno actual paralizó al comenzar su mandato el plan de exhumaciones que se inició en su momento.

9.- Resulta vergonzoso que un Estado democrático mantenga sin identificar y sin una sepultura digna a las víctimas mortales de un régimen totalitario.

10.- Ante esta situación todos podemos hacer mucho. Es perfectamente posible que los muertos por sus convicciones democráticas salgan por fin de las fosas. Generemos un amplio estado de opinión a favor de las exhumaciones. Reclama al Gobierno que respete el derecho de los familiares a recuperar los restos de sus seres queridos. No olvidemos a quienes dieron su vida por una sociedad más justa.

2 mayo 2016

Hagas lo que hagas, la policía no puede mirarte el móvil

policia-espana-movil-mirar-privacidad-body-image-1462204810-size_1000La Constitución española blinda la protección de la intimidad en su artículo 18, y establece la inviolabilidad del propio domicilio o de las comunicaciones si no media una resolución judicial motivada para ello. Pero la Constitución es de 1978 y entonces no había teléfonos móviles en los que uno lleva toda su vida dentro, es por ello que han sido los jueces los que, a través de sus resoluciones han fijado la protección de la intimidad también en el llamado “ámbito virtual” ya sea este ordenadores, teléfonos móviles, tabletas o cualquier otra herramienta de almacenamiento de datos, puesto que sin duda hoy en día existen dos ámbitos bien diferenciados en los que se desarrolla nuestra intimidad: uno es nuestro propio domicilio físico y el otro, el que podríamos denominar “morada virtual”.

Consecuencia, entre otras cosas, de las interpretaciones que los jueces hacían de la protección de ese “ámbito virtual”, en octubre del año pasado se llevó a cabo una amplia reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal (LECrim), y se procedió a regular exhaustivamente (puede que el artículo 588 de la LECrim sea el más largo de nuestra historia codificadora) cual debía ser el tratamiento de las herramientas de comunicación y almacenamiento de datos en el marco de una investigación criminal.

En resumen, lo que dicho artículo dice es que el acceso a los contenidos de cualquier teléfono móvil o similares, por parte de los agentes de policía, ha de contar con una autorización previa por parte de un juez, puesto que el ámbito de lo íntimo sigue preservado en el momento de la detención y la injerencia en él necesita de un presupuesto habilitante como es el auto de un juez que lo autorice.

Es importante señalar que la autorización judicial para el acceso al contenido de un teléfono móvil, ha de englobar todos los datos contenidos en él. Es decir, no basta con que el juez autorice solo el acceso a la “lista de contactos”, por ejemplo, pues resulta muy difícil asegurar que una vez permitido el acceso a esa “lista de contactos” los policías no van a acceder a otro tipo de datos como fotos o aplicaciones de mensajería instantánea (WhatsApp, Telegram, etc.). Es por ello que el legislador otorga un tratamiento unitario a los datos contenidos en los ordenadores y teléfonos móviles, reveladores del perfil personal del investigado, configurando un derecho constitucional de nueva generación que es el derecho a la protección del propio “entorno virtual”.

También es cierto que, como cualquier derecho, no cuenta con una protección absoluta. La ley autoriza excepcionalmente el acceso directo a los datos contenidos en las herramientas de almacenamiento de datos por parte de los policías, en “casos de urgencia en los que se aprecie un interés constitucional legítimo que haga imprescindible la medida. La Policía Judicial podrá llevar a cabo el examen directo de los datos contenidos en el dispositivo incautado, comunicándolo inmediatamente, y en todo caso dentro del plazo máximo de 24 horas, por escrito motivado al juez competente, haciendo constar la razones que justificaron el acceso al contenido del móvil, las actuaciones realizadas, la forma en que se accedió al contenido y su resultado. El juez competente, también de forma motivada, revocará o confirmará tal actuación en un plazo máximo de 72 horas desde que se accedió a los datos”.

En conclusión, si alguna vez un policía os pide que le entreguéis el móvil, por el motivo que sea, debéis actuar como si os estuviera pidiendo entrar hasta la cocina de casa, y en tal sentido preguntarle: “¿tiene usted autorización judicial para ello?” o parafrasear a Def con Dos y decirle, “hagas lo que hagas, no me toques el móvil”

3 mayo 2016

Eduardo Gómez Cuadrado

Fuente: Vice

 

La mayoría de los jóvenes estadounidenses reniega del capitalismo

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“El capitalismo  tiene los siglos contados”, sentenciaba Alberto González Rivero en su siempre interesante columna Sillón de orejas en el suplemento cultural Babelia. Si nos atenemos a la creciente desafección de la mayoría de los ciudadanos del mundo, puede que no sean siglos sino décadas.

Estados Unidos siempre ha sido el paladín del capitalismo para el resto del mundo, pero allí se está dando un fenómeno muy parecido al que azota buena parte de Europa: por primera vez en el último medio siglo la generación que se está incorporando (con suerte) al mercado laboral va a vivir peor que sus padres.

También por primera vez el número de jóvenes que aseguran aborrecer al capitalismo supera al que apoya este sistema económico, según una encuesta realizada por la Universidad de Harvard: el 51% de los jóvenes entre 18 y 29 años aseguraron no respaldar el capitalismo, frente al 42% que lo apoya. Hace cinco años, la misma pregunta formulada por Pew Research arrojaba un resultado de tablas: 46% a favor, 47% en contra, informa Wahstington Post.

No obstante, la desafección hacia la economía de mercado no significa necesariamente el apoyo a otras opciones políticas “radicales”, como se dice ahora: sólo el 33% de los encuestados (dos tercios de los críticos) se definía como “socialista”, una cifra elocuente en un país cuyas opciones políticas estriban entre la derecha y la ultraderecha y un tipo como Donald Trump puede llegar a ser presidente.

El porqué de esta paradoja está en las bandas de edad superiores: sólo los mayores de 50 años apoyan mayoritariamente el capitalismo, nada sorprendentemente la generación del baby boom, los grandes beneficiarios de la gran bonanza económica que vivió Estados Unidos entre 1946 y 1973. Desde entonces, el declive del Imperio ha sido paulatino y se ha truncado el llamado “sueño americano”, la posibilidad de cualquier ciudadano de ascender en la escala social gracias a su tesón y esfuerzo.

Por mucho esfuerzo que le ponga ahora un trabajador americano lo más probable es que nunca logre mejorar sus condiciones de vida. Tal y como explica el que fuera secretario de trabajo en el primer gobierno Clinton, Robert Reich, en su muy recomendable documental ‘Inequality for All’, el sueldo medio del trabajador estadounidense permanece estancado desde mediados de los setenta (la crisis del petróleo), un período en el que las diferencias entre los más ricos y los menos pudientes se ha multiplicado varios órdenes de magnitud.

Precisamente, la desigualdad es uno de los asuntos en los que los jóvenes estadounidenses creen que el Estado debería reducir, siempre según la encuesta de Harvard: el 30% de los encuestados considera que es tarea del gobierno reducir la desigualdad, en tanto un abrumador 47% está de acuerdo con la afirmación “Las necesidades básicas, como la comida y el cobijo, son un derecho que el gobierno debería proveer a aquellos que no se lo puedan permitir”.

En España, la oposición al capitalismo es mucho más notoria: el 74% de los encuestados por el BBVA en 2013 afirmaron rechazar el capitalismo, frente a un escaso 11% que lo respalda, lo que convierte a España en el país más anticapitalista de Europa.

3 mayo 2016

Iñaki Berazaluce

Fuente: Público