La salud en EEUU

capturadaSegún un observador de la escena americano, “el estado de tu salud depende del estado de tu bolsillo”.

La versión americana a la solución a la prevención y cura de enfermedades es un acto de fe en el mercado que contradice las tendencias y las soluciones que existen en Europa y aun en el país vecino, Canadá.

El acceso a la atención médica de los americanos, su tratamiento en hospitales o clínicas, está condicionada por su nivel económico medido generalmente por la naturaleza y la calidad de su contrato de trabajo. La red de servicios médicos, hospitales y clínicas privadas, no existe el modelo europeo de centro  público de salud, no actúa hasta que el enfermo  no prueba estar asegurado por una de esas empresas  con las que se puede contratar, individual o colectivamente, a un precio que depende de varias circunstancias y, entre ellas, de tu edad y condición social.

Si eres rico o estás bien empleado en una empresa solvente, tu seguro cubre casi todos los riesgos de tu salud. Si eres pobre o tu contrato de trabajo es de poca categoría, el seguro no te sirve para muchas enfermedades o accidentes. Y hoy, en un momento en el  que crecen los trabajos precarios o las largas ausencias del mercado laboral, la salud de los americanos refleja el mismo perfil de desigualdad que el resto de los indicadores básicos.

Las dos instituciones que se crearon para paliarlo, Medicare y Medicaid, para mayores y para indigentes respectivamente,  funcionan con grandes limitaciones y, de hecho,  muchas personas pobres o desempleadas van a las urgencias de los hospitales, fingiendo encontrarse en esa situación, sólo para recibir por una vez una analítica o una exploración, que son incapaces de procurarse por otros medios. Norteamérica carece de una red de atención médica primaria, como la que tiene Europa.

Todo ello influye en las estadísticas de población. Estados Unidos posee uno de los índices más altos de mortalidad infantil en el mundo pese a que sea la mayor potencia económica. Hay un cuarto mundo en zonas pobres de América, barrios miserables de las ciudades, el sur de Texas, donde los niños sufren los daños sanitarios colaterales de la pobreza como no acceso a agua potable, malaria, desnutrición, etc. El resto de los indicadores de salud refleja la desigualdad económica de los norteamericanos. Dado que la salud está en el comercio libre, uno puede comprar cuantas atenciones, prevenciones, pruebas u operaciones pueda costearse y el sistema sanitario no evalúa más que la capacidad de pagar del cliente, lo cual conduce, por ejemplo, a que el gasto sanitario en personas mayores es muy superior al del gasto en niños y a que el enorme gasto sanitario esté distribuido en términos de clase social.

Muchos inventos y adelantos científicos se producen y aplican en los Estados Unidos pero a ellos no tienen acceso más que los enfermos que pueden pagarlos. Hay hospitales americanos de gran calidad pero una parte importante de sus pacientes son enfermos adinerados que vienen de otros países mientas que en el mismo barrio donde los hospitales están domiciliados viven personas cuya salud es muy deficiente.

Paralelamente a ello, la industria farmacéutica, una de las más poderosas e influyentes del país, no deja de luchar por la protección de sus patentes, de su acceso irrestricto al mercado nacional e internacional y ello la convierte en uno de los componentes de la dominación americana más resentidos por el resto del mundo. La lucha contra el Sida en países pobres es un ejemplo de ello. Los mismos americanos cruzan la frontera de Canadá o México para comprar medicinas más baratas.

No hay, pues, en Estados Unidos un concepto de salud pública según el cual las condiciones sanitarias generales y comunes benefician al conjunto de la población. Algunos de los elementos básicos de esa salud pública están vinculados a actividades  de inspección de emisiones de contaminantes, deterioros en el medio ambiente que perjudican la salud pero aún no existe una estructura de acción gubernamental responsable de diseñar, planificar y desarrollar una política de salud pública, entre otras razones por el modelo de descentralización de los servicios que forma parte de la estructura federal del país.

Fuente: Alberto Moncada

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